No está lloviendo, España está
llorando. No es para menos. Pep nos deja. Digo bien. Nos deja a
todos. Porque quien pierde no es el Barza (perdón, BarÇa). Pierde el
fútbol. Perdemos los que amamos el fútbol. Ni una camiseta
mencionando su nombre a la salida de los equipos ayer. Ni un minuto
de silencio. Esperaba el pasillo en Vallecas (perdón, ValleKas). O
que Bukaneros abandonase su grada en respeto a la gran pérdida en
vez a su respetuosa cruzada contra sus directivos. Pero nada.
¡España, perra ingrata! Solo la meteorología y los periodistas son
sensibles a lo que realmente ha sucedido.
Karanka dice que la Liga existía antes
de Pep. Existirá después. Pero no será lo mismo. Wenger, que le
decepciona que abandone el barco. ¡Mentira! Pep se va en cuerpo,
pero no en espíritu. Se va como quería,
ganando. Nunca dejaría a su equipo tras levantar un título pero perdiendo el fútbol, eso es de cobardes. Para los anales de la historia nos deja
un estilo, una forma de juego, un saber estar. Algo que solo el 2% de la
población futbolística mundial es capaz de comprender. El 1'99% de
esta gente habita en ese
país pequeñito de ahí arriba. Deja para
la memoria colectiva 4 años de perfección divina que derrumba los
cimientos de los templos clásicos para construirse uno propio con
sus ruinas. Siempre desde la humildaT. Corrección en las formas, con
los pies metidos dentro del tiesto, ni una vez fuera.
Ejemplar gestión de plantilla y
recursos del club (perdón, del
més
que un club). Nos lega unos jugadores que ha sabido educar, en
la victoria y en la derrota. El seny se eleva a una nueva dimensión.
Los hay tan pobres que se conforman con
unos pedazos de metal en sus vitrinas. La central lechera, ya sabéis.
Vosotros, madridistas, que sois tan simples como la meseta. Vuestra
intransigencia e incultura propia de un país más grandecito que el
pequeñito situado al sur del país pequeñito (en castellano queda
raro, en
cataloguardiolés se entiende mejor), os hace ser tan
superfluos que veis un 1-2 y os sentís ganadores. Ese marcador
indica mucho más. Muestra la injusticia de la existencia. El
deambular del ser humano por senderos tenbrosos. Que el fútbol, como
deporte, es caprichoso. Pero el fútbol, como escuela de vida que
comenzó con la llegada de Guardiola al banco azulgrana, es algo
maravilloso de paladear, degustar, dejarse llevar por el.
Elresultado es algo etéreo. El opio de los seres iletrados, ese 98%.
Tras el pitido final del sábado 21 de abril, esperaba un Cristiano
tirado sobre el césped, llorando, golpeando el verde y gritando ¿por
qué? ¿por qué ¿por qué? Un Casillas desconsolado. Xabi Alonso
aturdido diciéndose, con la de libros que he leído, y no estoy en
ese equipo. En contra partida un Nou Camp en pie aclamando a unos
jugadores victoriosos, quitándose la camiseta, celebrando su triunfo
entre aspersores sin que nadie mire al marcador. Pues solo un infiel
haría caso a las matemáticas. ¿1 menor que 2? ¡Meseteño!
En el vestuario del Barza, perdón
¡BarÇa!, nadie se pregunta ¿por qué?, símbolo de la ignominia.
Ellos saben el por qué de sus éxitos, con títulos o sin ellos. No
esperéis que os lo explique. Soy un simple madridista. Si bien mi
condición me impide comprender los conceptos básicos del
guardiolismo, si me llega la bilis para escupir en el suelo cada vez
que un portugués hereje es manteado al cielo valenciano tras
ganar... ¡en la prórroga! Esa final no la quería el Guardiolismo.
La prórroga es de rateros. Desde el momento que
la injusticia de 2centímetros te impiden hacer comprender al mundo un concepto, te das
cuenta que lo mejor es retirarse y dejar que ahoguen en su propia
ineptitud.
Vosotros, tristes madridistas, no sois
conscientes ni se pretenderá que lo seáis. Se os da por pedidos
para la causa. Simplemente deseo que alguien dentro del
2%
rinda pleitesía con una calle con su nombre en Chueca.
¡Gràcies, Pep!